Mostrando entradas con la etiqueta Centro San Antonio de inmigrantes Ceuta. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Centro San Antonio de inmigrantes Ceuta. Mostrar todas las entradas

2/10/18

Una respuesta que nace de un corazón joven... Ceuta


“¡Sí!. Esa es una respuesta que nace de un corazón joven que no soporta la injusticia y no puede doblegarse a la cultura del descarte, ni ceder ante la globalización de la indiferencia.”
Papa Francisco
Con estas palabras resonando en nuestra cabeza y el deseo que, desde hacía tiempo, nos impulsaba a hacer misión, emprendimos esta aventura que ha sido todo un regalo de humanidad.
Nos presentamos. Somos Ana y Laura, dos jóvenes de Guadalajara que colaboramos con la Delegación de Infancia en distintas actividades, además de ser catequistas en nuestras respectivas parroquias, San Pedro Apóstol y Santísimo Sacramento. Nos conocimos como monitoras en el campamento diocesano Zagalópolis, y desde esa amistad sentíamos la inquietud y, en cierta parte, la necesidad de salir de nuestra “zona de confort” y vivir una experiencia de misión desde nuestra fe cristiana.
Inicialmente, nuestra idea no iba encaminada a lo que finalmente ha sido: un campo de trabajo con inmigrantes en Ceuta, del 12 al 25 de agosto. Pero, escribiendo estas líneas y recordando a nuestros amigos migrantes, nos damos cuenta que la misión es una sola: acompañar al hermano que sufre.
Durante el viaje a Ceuta, estábamos llenas de ilusión y expectantes por conocer la realidad que se vivía allí, pero no nos podíamos imaginar hasta qué punto nos iba a sorprender y lo llenas de vida que estaríamos a la vuelta.
Los primeros días en el Centro San Antonio de Inmigrantes, que es el lugar donde hemos convivido con los inmigrantes, fueron un golpe de realidad para cada uno de nosotros. El estar de tú a tú en los talleres de la mañana y empezar a conocer a la persona en sí, más allá de su país de origen, su color de piel, su religión…te rompe todos los prejuicios que por desgracia llevamos arraigados al vivir en una sociedad que deshumaniza a las personas y que busca antes el “yo” que el “nosotros”.  
Mamadu, Alpha, Ibrahim, Sherif, Alseny, Saidu, Mohamed…son jóvenes como nosotros, con los mismos sueños, las mismas inquietudes, con muchas ganas de aprender y de seguir formándose, que viven con la ilusión de encontrar una vida digna en la península. Y como personas que son, también les duele abandonar su hogar, su país…atravesar un desierto durante meses pasando grandes necesidades, enfrentarse a mafias de trata de seres humanos, y llegar a Marruecos, que recibe dinero de Europa, hace lo posible para quitar de las fronteras a los inmigrantes y devolverlos en pésimas condiciones a distintos lugares de África. Muchos de ellos pasan largas temporadas en el bosque que separa Marruecos de España, esperando el momento de poder saltar la valla y pisar, por fin, territorio español. Como jóvenes que somos… ¿crees que una valla va a poder frenar los sueños y la esperanza de vivir dignamente? Esos “salvajes” de los que los periódicos hablan solo buscan ser tratados como personas y vivir en paz.
Cada día que pasaba, la complicidad y la alegría de estar juntos eran mayores. Verles sonreír cuando pronunciaban bien una frase en español, disfrutar haciendo dedicatorias para Maite o sus ganas de aprender, no solo cosas prácticas sino también valores y formas de comportamiento para ser mejores personas…nos llenaba por dentro y sentíamos que recibíamos mucho más de lo que les intentábamos dar.
Por suerte, hemos compartido momentos que quedarán marcados en nuestro corazón para siempre, como la celebración de la Fiesta del Cordero, la entrada de los últimos 116 inmigrantes a Ceuta, dos salidas hacia la península, la oración conjunta frente a la valla…Muchas experiencias inolvidables que, con una mezcla de dolor y alegría, han engrandecido nuestros corazones y los han llenado de nombres.
Ahora la misión continúa. Todo lo recibido, que ha sido mucho, no puede quedarse guardado en nosotras, debe ser compartido para que dé fruto. Queremos agradecer a los Misioneros Javerianos y a las Franciscanas Misioneras de María el habernos guiado hacia el encuentro con el hermano migrante, donde hemos descubierto el rostro sufriente de Cristo, que necesita que seamos luz en medio del mundo.

Ana Hurtado Montoya
Laura Chiloeches Martínez
Delegación de Juventud y de Misiones de Sigüenza-Guadalajara












5/9/18

Una mochila llena de humanidad: Ceuta


Me llamo Cristina, tengo 20 años y llegué a Ceuta un 12 de agosto de 2018. Reconozco que aquel día en la mochila llevaba inseguridad, dudas y mucha ignorancia acerca de la realidad con la que me iba a chocar durante dos semanas, pero también llevaba muchas ganas y la mente y el corazón abiertos a lo que estuviera por llegar.
El primer choque llegó al día siguiente cuando conocí a los inmigrantes que, con el paso del tiempo, serían mis amigos. En sus ojos vi alegría y esperanza y en sus manos las cicatrices de un camino doloroso.

Con juegos y muchas, muchas risas, comenzó la experiencia que marcaría un antes y un después en mi vida.

Mi “trabajo” en el campo se basaba en hacer manualidades con ellos. Entre pulseras y collares surgía el cariño, el respeto y la amistad, así fue como yo me abrí a ellos y ellos a mí, superando la frontera del idioma porque, gracias a dios, una sonrisa es un idioma universal perfecto para iniciar cualquier conversación.

Ahí comenzó a cambiar mi mirada, seguía leyendo noticias sobre inmigración, pero ahora les ponía nombre y rostro, dejaban de ser ajenos y distantes para mí, eran mis hermanos los que estaban muriendo al otro lado y no eran salvajes e invasores, eran jóvenes con los mismos sueños que yo, con la única diferencia de haber nacido en un continente distinto.

El segundo choque llegó en Marruecos, seguimos conociendo la realidad del inmigrante. Tras un largo camino lleno de piedras, de mafias, hambre, miseria, violaciones… llegan a Marruecos y su vida allí sigue siendo muy complicada.
Tuvimos el placer de ir al centro Lerchundi, de Río Martil, donde pudimos compartir y debatir con inmigrantes, marroquíes, profesores de universidad… sobre la empatía, la voluntad y el problema de la inmigración en la actualidad desde puntos de vista muy distintos y enriquecedores.

El tercer choque llegó con un grito de “boza, boza” (“libertad, libertad”), con la alegría de quien piensa que se ha salvado, corrían sin importarles las heridas, un rastro de sangre recorría las calles y también nuestras manos. Ahí entendí que una valla nunca podrá frenar a gente que no tiene nada que perder, es una cuestión de vida o muerte.
Al día siguiente, esas personas fueron devueltas a Marruecos por el gobierno español, sin tener en cuenta que estaban heridos ni los malos tratos que podrían sufrir. Y es en estos casos donde cerramos los ojos, justificamos la acción y nos olvidamos de que los que sufren son personas, como nosotros.

Ese mismo día, acompañamos a algunos de nuestros amigos al puerto. La sensación era agridulce, iban a cumplir su objetivo de llegar a la península, pero todos sabíamos que su vida allí no iba a ser fácil y que una vez cruzaran el estrecho volverían a estar solos. En esos momentos solo queríamos abrazarlos, sus ojos rojos dejaban ver su miedo a lo desconocido y su tristeza al separarse de nosotros y yo, solo le pedía a Dios que les fuera bien.

El día 25, al volver a la península, miles de pensamientos y sentimientos me sobrecogían, pero confío en que Dios sepa ponerlos en orden y me ayude a hacerlos llegar a los demás.
Ha sido una experiencia única y estaré eternamente agradecida por haberla podido vivir y por las personas que me han acompañado y que me acompañarán en mi camino.

Cristina González Romero
Albacete

2/9/18

La Iglesia de frontera (el inmigrante, Jesús y yo) Ceuta


La iglesia en la frontera (el inmigrante, Jesús y yo)
Eran las 8 de la mañana en la estación de Atocha de Madrid. Yo, un chico de 20 años, sin saber muy bien qué iba a ocurrir en estos 15 días, me despedí de mi padre y salí a buscar al grupo con el que iba a realizar este camino. Ese tren y el barco que cogimos más adelante nos iban a llevar a una realidad aparentemente conocida por todos: la inmigración. Sin embargo, ninguno imaginábamos que esta experiencia nos fuera a cambiar tantos esquemas como teníamos y a darnos todo lo que finalmente recibimos.
A la mañana siguiente, sin darnos cuenta, ya estábamos metidos hasta el fondo en nuestra misión con los chicos inmigrantes. Mi primera impresión fue fuerte, pude ver que eran iguales que yo, con la misma alegría y la misma necesidad de compañía: me enseñó su humanidad.
Por la tarde comenzamos a compartir dentro del grupo aquello que sentíamos, las frustraciones del día, las alegrías, nuestro camino de fe, donde habíamos encontrado la presencia de Dios… Además, fuimos entrando en la vida del inmigrante, en lo que había pasado, lo que había sufrido y cómo se podría sentir aquí. Así, poco a poco, pude ir entrando en su persona y sentir que estaba más cerca de cada uno.
A partir de ahí, fue más fácil el encuentro con el inmigrante. Le podía dar lo que yo era y acercarme a él por medio de una simple pulsera, en la que los dos nos conocíamos cada día más. Yo me di cuenta de que él quería estudiar, como yo, quería trabajar, como yo, y todo esto para formar una familia, ayudar a los demás y poder ser feliz. Pero algo no iba como debería, yo sí podía cumplir este sueño y él no.
Esa desigualdad me rompió, porque yo había conocido en cada uno de los chicos inmigrantes un sueño por cumplir, un deseo de felicidad que parecía imposible de alcanzar. La inmigración dejó de ser un “problema social” y empezó a tener cara y nombre. Sin embargo, Jesús estaba ahí. Él estaba en cada sonrisa sincera, en cada “¿qué tal?” que intercambiábamos, en cada uno de los que venían a las actividades con esas ganas de aprender y disfrutar de lo poco que tenían.
Jesús tampoco faltó entre nosotros en el grupo, porque después de estos 15 días  me doy cuenta del camino de fe que hemos hecho juntos, en lo que ha sido muy importante compartir con los demás todo lo que vivíamos. Ha habido momentos de risas sin parar, momentos en los que era imposible no emocionarse con el camino que Dios ha hecho en cada uno, momentos de rabia por la impotencia de no poder cambiar la situación inhumana que hay… Y con ellos he sentido que la amistad y fe en Jesús nos ha sostenido y abierto el corazón a los demás.
Sumado a esto, hemos compartido una oración y Misa cada día. Ha sido muy chulo ver que la fe crece en grupo, como ocurre en la Iglesia, y que hemos sido una pequeña parte de la Iglesia allí donde se necesita, en la frontera, donde parece que falta humanidad y esperanza con la grave situación. Vivir esta fraternidad, cuando, por ejemplo, en Misa, uníamos las manos para rezar el Padrenuestro, me ha dado mucha paz.
Sin duda, ha habido emociones por todos lados. Hicimos una oración en la valla de Ceuta, que tantas vidas y tanto sufrimiento se ha cobrado. Fue un momento impactante, que me llenó de emociones fuertes sólo de pensar cómo sería cada salto o imaginar a todos aquellos chicos inmigrantes a los que he conocido intentando cruzar. Allí estaba la cruz de Jesús, vivida por los inmigrantes actualmente. Pero tengo fe en que Jesús, por un camino que sólo Él sabe, resucite en nosotros y haga que algo cambie en la situación.
Y como este, ha habido otros momentos increíbles cargados de emociones: el paso por la frontera, la acogida de los franciscanos en Marruecos, la visita a las hermanitas de Jesús, la fiesta del Cordero con los musulmanes, la salida de varios de los chicos a la Península, el salto de los 116 inmigrantes por la valla… Es algo único lo vivido en estos 15 días, y merece la pena experimentarlo.
Esta experiencia me ha cambiado por dentro, me ha enseñado una humanidad increíble por medio de los chicos inmigrantes y me ha dado impulso para continuar por el camino de la entrega de mi vida. Doy gracias a Dios por estos días y por cada uno de los chicos.

Javier Contreras Mora
Parroquia de Nuestra Señora de Europa, Madrid

30/8/18

El corazón lleno de nombres... Ceuta


Hace un mes estaba en el autobús de regreso a casa, tras 15 días cortos pero intensos en los que he vivido en una montaña rusa de sentimientos y emociones. Aún se me eriza la piel al recordar y contar lo que significan para mí las palabras Ceuta e Inmigración. Antes de nada, mi nombre es Ana y tengo 21 años.
                                   
Un año y medio atrás, mientras buscaba qué podía hacer ese verano, era yo misma la que leía experiencias de otras personas en esta misma página. Fueron esas experiencias las que me llevaron a coger mi teléfono y llamar a un tal “Rolando”, cuando llamé las plazas para ese año ya estaban completas así que guardé su número, pero viendo un poco lejana la oportunidad de poder ir al año siguiente. No obstante, algo que he comprobado siempre en mi vida y, que una vez más ha vuelto a ocurrir, es la frase de “El hombre propone y Dios dispone”. Cuando hay un deseo fuerte en nuestro corazón, si es voluntad de Dios se cumplirá.
Sin más rodeos, voy a intentar resumir brevemente lo que han significado estos 15 días en Ceuta para mí.
La misión siempre ha sido una palabra que ha rondado por mi cabeza y, aunque hace un tiempo no habría imaginado vivir esta experiencia tan cerca de casa, estoy segura que ha sido el mejor sitio para comenzar, conocer y palpar un poco más lo que significa y sin lugar a dudas engancharme a todo lo que tenga que ver con ella.

Al principio no sabía mucho sobre el tema de la inmigración,  estaba poco informada y aunque me da un poco de vergüenza reconocerlo no sabía muy bien qué opinar, lo que los medios nos transmiten camufla bastante bien la realidad. Solo nos cuentan la parte que a ellos les interesa que conozcamos, pero creo que todos sabemos que esto no es algo nuevo. Por esto, sé que ahora no me puedo seguir quedando al margen del tema y desde que regresé de Ceuta, en la medida que puedo, defiendo a capa y espada a mis hermanos africanos, continuando la misión pero desde mi casa, con mi entorno. Esto quizás ha sido lo más duro del viaje, la vuelta a la realidad, vienes con tantas experiencias vividas y con los ojos tan abiertos, con una llamada muy fuerte en el corazón  de defender los derechos humanos, el derecho a la vida y el derecho que todos tenemos a soñar… No ha sido fácil volver a casa y descubrir que hay mucha gente que se carga de argumentos para criticar y despreciar todo esto, desde el egoísmo y la ignorancia, poniendo límites y muros al amor al prójimo, y me rompe el corazón en dos.

"Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, o su origen, o su religión. La gente tiene que aprender a odiar, y si ellos pueden aprender a odiar, también se les puede enseñar a amar, el amor llega más naturalmente al corazón humano que su contrario"

Sé que los grandes cambios comienzan con pequeños esfuerzos  y esto es lo que me impulsa a no perder la esperanza de que es posible un mundo más justo para todos.

En Ceuta, he vivido muchísimos momentos felices, la gran mayoría, pero otros no lo fueron tanto. Escuchar las historias de los chicos, de dónde vienen, cómo han llegado, todo lo que han dejado atrás, todos los kilómetros que han andado, por todo lo que han pasado y soportado, es duro. Jóvenes de las edades de mis hermanos pequeños, con solo 15 añitos  y los recuerdos que arrastrarán el resto de su vida y todo por conseguir una vida más digna. Por ello para mi precisamente son héroes, que no se rinden y luchan a pesar de tener casi todo en su contra y ojalá algún día puedan estudiar y trabajar con lo que cada uno de estos chicos sueña.

He conocido a chicos que exprimen el tiempo todo lo que pueden para aprender lo máximo y aprovechar todas las oportunidades que se les ofrecen de la mejor manera. En tantísimos pequeños detalles me han robado un gran pedacito de mi corazón y jamás olvidaré lo que viví durante esos días en Ceuta un julio de 2018. Aquella especial mañana del 26 de julio donde vi el ejército de sonrisas más numeroso que he podido ver nunca y escuché por primera vez BOZZZZA y aún resuena dentro de mí.

Estoy agradecidísima de todo lo que he vivido y de las maravillosas personas con las que he compartido todas estas nuevas experiencias de muchos lugares diferentes de España que, por supuesto, tampoco olvidaré.

“Al final del camino me dirán:
—   ¿Has vivido? ¿Has amado?
Y yo, sin decir nada, abriré el corazón lleno de nombres.”

GRACIAS CEUTA, GRACIAS MISIONEROS JAVERIANOS Y GRACIAS FMM.
Nunca os olvidaré.

Ana Ferrer-Egea Robles
Caravaca de la Cruz, Murcia



29/8/18

El corazón tatuado por el encuentro con el inmigrante... campo de trabajo con inmigrantes


Ferry, destino a Ceuta. Iba solo, pero qué fácil fue llegar a esta ciudad con un poco de dinero y algunos billetes para el transporte. En dos semanas, sin saberlo, iba a vivir una de las experiencias más impactantes de mi vida, una experiencia que tatuaría mi corazón para siempre. Pero como todo tatuaje, la tinta no impregna ni profundiza la piel sin dolor y un poco de sangre. Iba a una misión con inmigrantes, pero con una venda en los ojos. Sí que estaba abierto a todo, y la oración de los días anteriores me ayudó a eso, pero mi ignorancia sobre la situación tan compleja de la migración y acerca de mi función concreta en el campo de trabajo, dejó paso a las sorpresas que esta experiencia me ha ido regalando, como un misterio que se va desvelando poco a poco.
Todo empezó de una forma muy intensa y muy bonita. Conocí al grupo con el que iba a compartir esos quince días y todo fueron buenas impresiones. Al día siguiente de la llegada empezaba nuestra tarea con los inmigrantes. Nuestra misión todas las mañanas consistía, mediante diferentes talleres –alfabetización, manualidades e informática–, en ayudarles a prepararse para desenvolverse mejor en un futuro cuando llegasen a la península, además de sencillamente estar y hablar con ellos para conocernos poco a poco y, desde toda la humildad y honestidad posible, los acompañábamos e íbamos abriendo nuestras vidas: con sus heridas, sus esperanzas, sus batallas, sus caminos.
Cada día veíamos a esos chicos que venían con una cruz de sufrimiento a sus espaldas. Jóvenes con ilusiones y sueños que luchan por conseguir una meta en la que no faltan los obstáculos. Pero en sus ojos brilla un universo de alegrías, miedos, personas, familias y experiencias. Me han enseñado tanto esos ojos, esas miradas tan penetrantes…
Luego venían las impotencias y las frustraciones: siempre nos preguntábamos qué podíamos hacer por ellos, si lo estábamos haciendo bien o si podíamos cambiar algo, pero no siempre encontrábamos respuesta. Te ves tan pequeño ante ellos y esa situación tan poco humana y tan injusta… Sientes que haces poco y que no puedes hacer nada en un mundo que lo pone todo en contra, en un mundo lleno de fronteras materiales y espirituales.
Ves cómo salen de sus países para conseguir un mejor nivel de vida, para huir de guerras o de la corrupción política, para seguir estudiando o trabajar... Son muchas las razones que les hacen emprender un largo camino hostil en el que ponen en riesgo sus vidas para llegar a su destino. Todo son obstáculos, pero cuando llega la hora de entrar en España, se encuentran con que tienen que atravesar una valla altísima que, como si de unas garras de fiera se tratasen, les rasgan la piel: aunque eso ya no les importa, tienen más rasgado el corazón y unas concertinas afiladas o unos cuantos guardias no los van a parar.
Al grito de ‘boza’ –libertad–, y derramando sangre, corren por las calles eufóricos de haber conseguido cruzar a España. Luego ves cómo se desvanece el sueño cuando se dan cuenta de que no son bien acogidos o los cogen  y los devuelven de nuevo a África, después, claro está, de quedar como los malos de la película “gracias” a algunos medios de comunicación.
También gritan a la libertad cuando salen sus nombres en las listas para venir a la península, momento en el que manifiestan felicidad a la vez que dudas y miedos ante lo desconocido, y llega la tristeza de tener que separarse de las amistades que habían forjado en el CETI –Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes– y en Ceuta. Cuando van a salir para cruzar el estrecho tan temido y añorado te preguntan, pero, ¿qué les dices? ¿Les vas a decir que la vida en la península no es tan fácil y que a lo mejor no son tan bien acogidos como se piensan? ¿Que quizás no cumplen sus sueños? No, ellos te miran y te abrazan para sentirse consolados y solo puedes darles mucho ánimo, decirles que nunca pierdan la felicidad que guardan y que luchen por lo que desean. Y con lágrimas en los ojos te despides con una sonrisa y algo de esperanza.
Tampoco se me olvidará nunca la fe que tienen la mayoría y lo presente que tienen a Dios en sus vidas y en todo su camino. La mayoría afirmaban que sin Él habrían tirado la toalla.
Volvía a coger el ferry para volver a mi pueblo, pero esta vez miraba el mar desde otra perspectiva. Mientras Ceuta se alejaba, pensaba en la suerte que tengo, en la suerte que tenemos de poder cruzar el estrecho sin ningún problema y lo que dan y darían muchas personas por poder montarse en ese barco y llegar a la península.
Le daba también gracias a Dios por todo lo vivido, por todo lo entregado y por todo lo que hemos recibido. En ese tatuaje de mi corazón me llevo muchas cosas: el conocer la dura realidad de la migración y la convivencia entre diferentes culturas y religiones, testimonios impresionantes que llegan al alma, la importancia de la empatía y la voluntad… Pero sobre todo me quedo con las personas que  he conocido  y lo que esconden sus miradas: miradas que reflejan la grandeza de Dios a la vez que su humildad y su pequeñez. Ilusiones que atraviesan corazones y esperanzas que nutren nuestra fe.
Estoy muy agradecido a todas esas personas que he conocido y que el Señor ha puesto en mi camino para abrirme un poco más los ojos. Siempre estaréis en mi corazón y, lo más importante, estáis ya en el corazón de Dios. ¡Gracias!
Antonio Guerrero Quesada
Seminario Diocesano de Jaén

27/8/18

En Ceuta, una valla, la del corazón... Campo de Inmigrantes


El corazón late con fuerza, es el momento, llevo años esperando este instante. Estoy agachado tras un peñasco listo para salir corriendo, mis hermanos están a mi lado y mi familia  a miles de kilómetros. La puerta del paraíso está ante mis ojos, se presenta bajo la forma de una valla de 6 metros de altura y unos pocos guardias. Suficiente.
Suficiente como para no impedirme cumplir mi sueño.
-Allez!
¡Es la señal! Salgo, corro, no miro atrás. Los 200 metros se hacen eternos, me falta el aire. Al llegar a la valla aferro mis manos a ella, esas manos cubiertas con jirones de mi camiseta y escalo, escalo hacia el cielo mientras pasan rozándome pelotas de tenis y porrazos…

Parece mentira que esta narración que parece una novela ocurra en realidad y en ella se vean representados cientos de jóvenes que llegan a nuestras fronteras. Cuando a esos personajes anónimos de novela se les pone cara, se comparte tiempo e ilusiones con ellos, algo cambia.

Yo también conseguí un día saltar esa valla, esa valla que me impedía ver el dolor de las personas que me rodeaban. También salí del bosque, de ese bosque en el que durante años había vivido, el de la ignorancia.
Me presento: soy Javier Cascón, tengo 20 años, nací en Navarra y llevo toda mi vida oyendo noticias sobre inmigrantes; puede que igual que tú. En estas dos semanas que he pasado en el centro de acogida de San Antonio de Ceuta trabajando con los inmigrantes subsaharianos me he dado cuenta de que es duro.
Es duro descubrir que nuestra Europa de brazos abiertos da dinero a Marruecos para llevarse a los inmigrantes de nuestras fronteras. También es duro ver a jóvenes y niños con sueños de estudiar, trabajar y vivir en países que les rechaza. Historias increíbles, cientos de kilómetros, cicatrices profundas y a pesar de todo, esperanza.
Ellos, como nosotros, esperan un futuro mejor y reencontrarse con sus familias. Pero a veces somos egoístas aquí en Europa, no sea que ellos puedan tener las mismas oportunidades que nosotros y quitarnos los privilegios del norte.
Después de todo esto solo me queda echar la culpa a las vallas, pero no a esas de 6 metros sino a las más altas de todas, las de nuestros corazones. El miedo a lo desconocido, el no querer entender y el esfuerzo que supone cambiar las cosas hace que la situación sea compleja. Los españoles echamos demasiadas culpas y arreglamos pocas injusticias.

Esta experiencia en el campo de trabajo cambia vidas y quiero dar las gracias por ello. Gracias por romper mi burbuja de egoísmo y mis esquemas porque así podré empezar a construir algo nuevo y mejor.
Javier Cascón Coca
Milicia de Santa María
Madrid


Nota: dos fotos son tomadas de El Faro de Ceuta, tienen la gota de agua.


23/4/18

Sentir lo profundo Pascua Misionera del Migrante



Por fin llegó el momento de coger el tren y el barco rumbo a participar en la “PASCUA MISIONERA DEL MIGRANTE 2018” en Ceuta. Tenía inquietud por conocer un poco cultural y la forma de ser del pueblo Ceutíes y por otra parte tener una experiencia de convivencia de compartir la vida con jóvenes venidos de distintos puntos de la Península y cómo no y lo más importante, vivirlo en un ambiente de acogida, solidaridad, cercanía con nuestros hermanos Inmigrantes de Ceuta, donde tuvimos ocasión de compartir la vida juntos y sin diferencias, formando un solo grupo… y bueno, no quise dejar desapercibido, a nivel personal, mi cambio de década en mi vida y decirle a ese Dios de la vida: “gracias a la vida que me ha dado tanto…”, tener un tiempo para la reflexión y sentir en mi profundo lo que esto significaba en mí vida, todo fue un regalo valioso y ¡qué bueno! Una experiencia especial, desde un ambiente con jóvenes donde recibes energía positiva, ilusión por la vida, vitalidad etc.
Se me fueron cayendo esquemas mentales en la medida que íbamos compartiendo y poniendo en nuestras manos la vida en profundidad, de aquellas mañanas junto con nuestros hermanos los Inmigrantes con las mismas inquietudes al igual que puede tener el joven Español o Europeo o los que estábamos ahí, sentía en la medida que me acercaba y acogía sus sentimientos, sus inquietudes, sus preocupaciones , sus problemas, sus alegrías, sus esperanzas… para mí era, como que entraba en tierra sagrada donde tenía que descalzarme porque el lugar donde pisaba era santo y eso hacía de que te sintieras una con ellos. Fueron días vividos muy intensos… El “Centro de San Antonio “ es para ellos su casa, su familia, su referencia donde Maite junto a su esposo Salva y su hija María dan lo mejor de sí mismos con una entrega generosa e incondicional donde les hacen y nos han hecho sentirnos muy bien.
Otra de las grandes riquezas vividas fue el compartir la vida con: Ana, Irene, Juan, Antonio, María, Marta, Pablo, Sara, Maite, Salva, Jesús (Javeriano) y Rolando (Javeriano) responsable de la Pascua Misionera. GRACIAS, porque al final del día en un ambiente de silencio y de respeto íbamos desgranando el día vivido con toda su riqueza y a la vez con toda su humildad y sencillez. GRACIAS, por vuestra franqueza, personalmente me habéis enriquecido y me habéis hecho ser más Franciscana Misionera de María. GRACIAS, por vuestros valores de: Escucha, Respeto, Solidaridad, Apertura, Amistad, Sencillez. GRACIAS, por vuestra acogida , me habéis hecho sentirme muy bien entre vosotros. 
La Liturgia de cada día, vivida como GRUPO y como PARROQUIA ha sido otra de las Armonías Divinas (como diría mi fundadora, María de la Pasión)… y no digamos la experiencia en Tetuán, sin olvidar la frontera de regreso a Ceuta, todavía recuerdo las palabras de María (Hija de Maite y Salva) … ¡Corre, Anuncia! que nos quedamos atrás…! Pues teníamos que coger un taxi, ir a Ceuta, coger el coche de Maite y Salva, cargar las maletas y regresar a por el grupo que esa noche tenían que viajar hacia la Península… como era Domingo había mucha gente y todos queriendo pasar hacia España…

Y como no tener presente y agradecer también el detalle de María que gastó su propina para comprarnos pan para el grupo o la amiga de la parroquia que nos llevó dos ricos flanes… gestos bonitos y solidarios y que dicen mucho.
GRACIAS, Rolando, por tu apertura y tu riqueza de vida que has sabido conducirnos hacia esa Pascua con el Resucitado, hacia esa Pascua de Encuentro con el “Otro”, con el “Diferente” con el “Distinto” con el “Hermano”, con todo amor, respeto, delicadeza y comprensión. Me has hecho sentirme muy bien, como una más en estos días de convivencia y de compartir.

Somos “MIGRANTES” en la vida, en búsqueda de sentido y de una vida más plena y al igual que María Ortín y todos os llevo a todos en mi corazón. Os quiero un montón y con todo cariño. 

Anuncia Oña fmm