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10/8/17

La misión ... palabra africana... Ceuta

LA MISIÓN

Me siento en una silla que hay vacía. Levanto la cabeza, en frente veo a un chico guineano de mi edad con aspecto algo cansado y quizás aburrido. Aparentemente no somos tan diferentes. Vale, sí, puedes fijarte en el color de piel, el pelo, los labios…; pero al fin y al cabo podríamos tener la misma vida. Y sin embargo no es así. Si no pregúntale a su familia, que no le ve desde hace 4 años…
Es un momento algo incómodo el de la llegada de los chicos a San Antonio, tenemos que entretenerles de alguna manera hasta que lleguen todos. Me siento al lado de Romual, y le gasto alguna broma para romper el hielo; nos echamos unas risas. Entonces Rolando me llama la atención cambiándome de sitio.
Es importante que mantengáis el silencio. Hay que crear ambiente. - me comenta Rolando-.
Yo no lo entendía. ¿Cómo que crear ambiente? Encima que estoy animando la cosa. Me guardo mi resignación para mí y guardo silencio.
Y me mantengo callado un buen rato, por una vez me limitó a escuchar. Y así, callado, sin participar, vivo uno de los momentos más felices de mi vida. 
La palabra africana
Un día fui al mercado cuando vivía en Camerún, al mercado africano. Ya sabéis como es el mercado africano, ¿no? - decía Rolando dirigiéndose hacia los chicos africanos entre risas, a las que ellos respondían con más risas-.
Rolando hablaba primero en francés y luego traducía al castellano, bueno, cuando se acordaba de hacerlo.
Y prosiguió con su relato.
Llegué allí, y como en todo buen mercado africano, la gente estaba chillando. Todos los comerciantes gritaban como locos para vender sus productos. Daba igual lo que fuera: fruta, verdura, ropa; el caso era conseguir la atención del cliente y así lograr que éste comprara. Un auténtico caos…
Y en medio de ese caos me fijé en un chico de unos 13 ó 14 años, así como Fofana. - prosigue Rolando señalando al más joven del grupo-.
Todo el mundo escuchaba atentamente al sacerdote misionero.
El chico no vociferaba, estaba tranquilo, y entonces me acerqué a él. Le saludé con un saludo muy africano. Extendiendo la mano y poniendo la otra sobre el brazo extendido. Se trata de una muestra de confianza. Al tener las dos manos a la vista, es imposible llevar un cuchillo o navaja escondido detrás de la espalda. Es una muestra de respeto muy valorada en ciertos países africanos. - explica Rolando mientras lo representa dirigiéndose a Fofana-.
—El muchacho se sorprendió de que un blanco como yo le saludase de ese modo,  su mirada mostró agradecimiento.
Iba a comprarle aquello que el chico vendía cuando de pronto me interrumpieron varios comerciantes de los puestos de alrededor. Me recriminaban que estuviese comprándole al chico cuando ellos me habían visto antes. Se peleaban entre gritos por decidir quién se había dirigido a mí primero.
Entonces yo me dirigí a ellos pidiéndoles paciencia: “Hoy le toca a él, mañana a ti”, “Con gritos no conseguiréis nada, tened paciencia y estad calmados, porque vuestro turno llegará.” - concluye así el sacerdote mejicano.

La reacción africana 

Ellos eran  como los comerciantes, pero ellos esperan su pase a la península. No debían alterarse, no debían gritar en busca de ese pase. Si permanecían pacientes, su momento llegaría. No tenían el poder de decidir cuándo marchar y estaban ansiosos por conseguirlo. Igual que aquellos vendedores del mercado africano, debían esperar calmados a que su turno llegase. A unos les llegaría antes y a otros más tarde, pero debían mantener la esperanza, a todos les llegaría su momento.

Debían cultivar más el valor de la espera que se encuentra en el silencio. El silencio, que viene acompañado de la reflexión y en ocasiones también de la oración, era algo que debían practicar. Pero no sólo el silencio y la paciencia eran necesarias. No podían quedarse quietos esperando a que su turno llegase sin hacer nada. El tiempo debía aprovecharse. ¿Y cómo podían ellos aprovechar el tiempo? Aprendiendo el idioma y la cultura españolas. Uno de los chicos, Romual, decidió entonces añadir una experiencia que le habían contado para comprenderlo mejor: Estaban dos africanos inmigrantes esperando a un autobús en la península cuando de pronto un policía se dirige a ellos exigiéndoles los papeles. Uno de los dos sabía español y el otro no. Aquel que conocía la lengua reaccionó rápido diciendo que si solo se los estaba pidiendo por tratarse de personas negras, que ellos tenían todos los papeles en regla y que iban a perder el autobús (que justo en ese momento estaba llegando) como les entretuviese. El policía los dejo tranquilos gracias a la rápida y oportuna contestación del chico y éstos cogieron el autobús antes. Gracias a que uno conocía el español pudieron seguir su camino. Si no hubiesen sido conducidos a un CIE. 
Todas estas acertadas intervenciones de los jóvenes africanos eran complementadas con traducciones y comentarios de Rolando, que les iba explicando con mucha delicadeza como el tiempo que estaban pasando en Ceuta no era en vano porque era tiempo que acumulaban en España y que les ayudaba a alcanzar esos tres años  de arraigo que posibilitaría conseguir los ansiados papeles, siempre y cuando tengan una oferta de trabajo.
Los chicos estaban tan metidos en la dinámica que incluso algunos entablaron una pequeña discusión. Absolutamente impresionante el motivo de la discusión: quién había sufrido más antes de entrar en Ceuta. Rolando intentaba mediar entre ellos. Mientras tanto los españoles tratábamos de comprender algo de lo que decían.
Algunos estaban algo alterados, otros estaban tristes, alguno que otro un poco aburrido; yo era absolutamente feliz. No podía pensar en nada más que en lo increíble de ese momento. Por el momento no habíamos entablado ninguna conversación medianamente profunda con los jóvenes africanos, y esto fue un gran descubrimiento. Pude ver por primera vez su interioridad. Descubrí que no sólo buscan la supervivencia. Son como yo y como cualquier persona del mundo. Sienten, reflexionan, rezan, sufren, lloran, discuten y, sobre todo, buscan su felicidad y la de los suyos. Pude ver a Dios en ellos, en cada uno de ellos. Y pude ver a Dios en Rolando, una persona que parecía que tenía “superpoderes”. Cómo había conseguido entrar en el corazón de aquellas personas, cómo les había hecho reflexionar sobre el problema que estaban viviendo, cómo se había servido de esa anécdota africana para ganarse su confianza. Qué grande su labor, qué grande la labor del misionero. Yo quiero ser como él, yo quiero ser misionero.
Terminamos rezando el padrenuestro, en francés y en español. Y también rezaron los musulmanes la fatiha. Qué valor tenía Rolando. Qué valor al juntar a musulmanes y a cristianos y rezar juntos. Por unos momentos el Dios de unos y el de otros se asemejaba mucho. Dios allí estaba presente.
Eso es la misión. Nada más que eso.

Javi Baratech – Madrid 

9/8/17

Una pequeña luz... Ceuta

¿Por qué tantas fronteras si todos compartimos el mismo cielo? Esta frase me ha acompañado durante los quince días en Ceuta. Y ahora que hemos vuelto a la Península también sigo teniéndola presente. Me ha costado mucho pararme a escribir, porque se me juntaban demasiadas emociones y no era capaz de expresar algo coherente. Siento rabia, impotencia, tristeza; pero también felicidad, paz y una gratitud infinita. Hemos visto la injusticia de primera mano en esta frontera sur, tan cercana, pero a la vez tan olvidada. Hemos convivido con chicos que han pasado las mayores penurias para llegar aquí y con todo y con eso, nos han acogido y se han abierto a nosotros de una forma increíble. Hemos desaprendido y eliminado prejuicios y los hemos sustituido por posjuicios, aprendiendo cosas nuevas sobre esta realidad y sobre ellos, poniéndoles cara e historia y hemos crecido como personas. Por todo ello, me siento inmensamente agradecida.

Para mí, personalmente, Ceuta ha sido un punto de inflexión. Me siento profundamente transformada en muchos aspectos y creo que la chica de 20 años que llegó allí no es la misma que ha vuelto a la Península. Y doy gracias a Dios por ello: por poner a gente tan maravillosa en mi camino; por permitirme aprender y crecer como persona y en la Fe; por verle presente allí, entre los más olvidados y por ofrecerme esta oportunidad de darme a los demás.

Todavía tengo muchas preguntas en la cabeza. ¿Por qué yo sí y ellos no? ¿Qué he hecho yo para tener todos estos derechos? ¿Qué han hecho ellos para no tenerlos? En la mayoría de las ocasiones, la respuesta me sigue dejando insatisfecha e impotente. Y eso, precisamente, es lo que refuerza mis ganas de seguir trabajando por un mundo más justo al lado de personas tan entregadas a la misión como Rolando, Ivanildo, Maite o Manoli. Es cierto, estamos en un mundo en el que hay cosas maravillosas y extraordinarias al lado de la miseria más extrema y la falta de humanidad. Supongo que vivimos en una continua escala de grises y ahora mi trabajo es no aferrarme a lo claro ni quedarme encerrada en lo oscuro. Mi labor es que esta experiencia no se quede ahí, en Ceuta, en julio del 2017; sino que afecte transversalmente a mi vida, me acompañe todo el tiempo, me haga cuestionarme todo y me permita salir de mí misma, crecer en la Fe y como persona y darme a los demás; como parte de esta sociedad y de este mundo. Porque solo así, con acciones pequeñas y entre todos, podremos conseguir que este mundo sea un lugar mucho más justo. Pasarán años, décadas e incluso siglos hasta que muchas cosas cambien, pero no por ello quiero tirar la toalla—aunque seguro que lo pensaré más de una vez. Será entonces cuando me forzaré a echar la vista atrás a estas semanas, en las que entre españoles, mexicanos, brasileños, cameruneses, guineanos, malienses y gambianos conseguimos crear una pequeña luz entre tanta oscuridad. Y eso, para mí, ya es más que suficiente.


Lucía Ortiz de Saracho Pantoja, Ponferrada

7/8/17

El corazón lleno de nombres... Ceuta

El corazón lleno de nombres

Ya han pasado unos días de lo vivido y solo tengo palabras de agradecimiento.
Gracias a Dios por su inmensa providencia. Él, que trata con amor a sus hijos, ha puesto en mi camino grandes personas. Con su ayuda he podido eliminar los prejuicios para poco a poco abrir y desnudar mi corazón al otro.

Llegué al centro de San Antonio en Ceuta con la cabeza llena de cosas para dar y hacer; llegué, de algún modo, con la prepotencia del que es capaz de todo por haber tenido la suerte de nacer en eso que la mayoría llama mundo desarrollado. Ofrecer, ofrecer, ofrecer...solo pensaba en todo lo que yo iba a dar a nuestros hermanos africanos al llegar. "Ellos no pueden ofrecerme nada, porque no tienen nada que dar", pensaba. Pero, una vez más, me equivoqué.

Todos habían recorrido un largo camino hasta llegar a Ceuta. Cuando les vi por primera vez, sus ojos, sus gestos y sus palabras cayeron sobre mí como una jarra de agua fría. Nunca olvidaré aquel momento. El resto lo pusieron mis compañeros voluntarios; verles trabajar, con amor y preocupación, me dejó sin palabras. De ellos también he aprendido mucho.

¿Saben a qué conclusión he llegado después de esta grata experiencia? Solo Dios puede juzgar. 

Cuando ves que te dan las gracias de corazón mientras trabajas junto a ellos. Cuando limpian el sudor de tu frente con una sonrisa y se preocupan por ti. Cuando cada día, a pesar de la distancia, llegan con ganas de trabajar, de aprender y de querer más. Cuando son capaces de dar consuelo en medio de sus dificultades, solo te queda reconocer y admitir que, aquellos que tú pensabas que no tenían qué dar, guardan un enorme tesoro en su corazón. Un tesoro que nosotros, prepotentes desarrollados, no somos capaces de ver, porque no sabemos mirar con el cristal adecuado. Ha sido, qué duda cabe, una gran lección; una experiencia de vida que me ha abierto los ojos del alma y me ha permitido crecer. 

Gracias, hermanos, por todo lo vivido; hoy mi corazón es algo mejor gracias a cada uno de vosotros. Como nos cantabais estos días, libres os quiero, como el mar, como el sol… Libres de prejuicios, de miradas aterradas, de ideas falsas… Siempre adelante.

Gracias a todos los que hacéis que nuestra Casa San Antonio en Ceuta cada día este abierta para todo el que quiera y necesite.

Y gracias a Ti, Padre, por haberme permitido vivir esta experiencia y por estar conmigo todos los días en cada uno de estos mis hermanos.



Irene García Martínez-Cepeda- Madrid

5/8/17

Mirar con los ojos de Dios... Ceuta

MIRAR CON LOS OJOS DE DIOS

El Campo de Trabajo de Ceuta, es sin ninguna duda, un lugar de encuentro bellísimo con los inmigrantes y con otras culturas. Sin embargo, para mí esta experiencia carece de sentido si no es por Dios (parecido a lo que diría San Pablo a los corintios). Miraras donde miraras, allí estaba, haciéndose presente.

Lo primero de todo: nuestro responsable dejó claro desde el principio que esto no era "voluntariado", sino una actividad misionera. Además, Él nos introdujo en una emocionante dinámica en la que, a diferencia de cualquier actividad a la que vayas, no cuentas con una agenda o programación de tu día a día. Así vivimos cada día como un regalo, aguardando lo que la Providencia (a través de Rolando) nos tenga preparado: igual que en la vida misma. Esto nos hizo más receptivos a sorber cada momento, a apreciar cada encuentro con los chicos o nuestros compañeros.

En segundo lugar, ha resultado muy fácil ver a Dios presente en cada persona. Empezando por los inmigrantes, Dios nos mostró cómo somos todos hermanos, hijos del mismo Padre. ¡Si es que éramos iguales! Compartimos gustos, metas, actitudes... ¿Que mi hermano quiere ser "YouTuber"? Pues Romual tiene ya ciento y pico suscriptores. ¿Que mi amigo quiere ser futbolista profesional? Es también el sueño de Amadou. ¿Y si en los talleres se aburren y sacan el móvil? Pues quién les va a culpar, en mi universidad lo saca casi todo el mundo (me incluyo). Lo único que nos diferencia es que nosotros hemos tenido más oportunidades por nacer en otro sitio. 
¿Es injusto estar condicionado por tu lugar de nacimiento, que ni siquiera es elección propia? ¿Cómo permite Dios estas injusticias? Se me ocurren dos contestaciones: la primera, que las desigualdades las hacemos como siempre los hombres, y la segunda, que Dios tiene otro criterio. Todo lo material es secundario, pero lo importante Dios siempre nos lo da: una familia, capacidad de amar... algo por lo que merece la pena vivir. Y es que Dios nos ama a todos por igual.
Choca darse cuenta de ello, y ninguno de los que hemos ido hemos vuelto igual. Ahora valoramos otras cosas.

También Dios se reconocía muy fácilmente en Maite y Salva, un ejemplo para mí de matrimonio cristiano con una fe viva, sobre la cual construyen su proyecto de vida ayudando al hermano. Y por supuesto en mis compañeros y su camino de fe, en cómo Dios vive en ellos colmando a cada cual de valentía, sencillez, compromiso...

Un compañero me dijo: "yo también quiero vivir una experiencia tan fuerte de Dios. ¿Cómo lo hago?" Ya lo he dicho antes, y es la principal lección que me llevo del campo: mirando con los ojos de Dios. No busques que se te aparezca y te grite, porque ese no es su estilo. Él siempre está presente, sólo hay que saber cómo mirar.


Francisco Javier Gómez-Matinho González – Madrid 

4/8/17

11 años al servicio del inmigrante... Ceuta

Los inmigrantes, signo de esperanza en Dios, felicidades al Centro San Antonio de Atención y Acogida de inmigrantes de Ceuta. Que sigáis dando esperanza a todos y sigáis siendo instrumento de integración humana para todos. FELICIDADES por los 11 años de vida y por los que aún vendrán.

Gracias por los seis años de compartir juntos el deseo de hacer un mundo más humano en donde todos somos felices.


Misioneros Javerianos y Franciscanas Misioneras de María

Inmenso agradecimiento... inmigrantes Ceuta

INMENSO AGRADECIMIENTO
Agradecimiento. Creo que es la palabra que mejor resume la sensación que dejan en mí estos días en Ceuta. 
Estoy inmensamente agradecida de haber tenido esta oportunidad de acercarme a la realidad inmigrante y hacerla presente en mi vida a través de personas concretas, con nombre y apellidos. Su acogida, su ilusión y alegría a pesar de lo vivido, sus ganas de aprender, su esperanza, sus valores, su sonrisa, su mirada, su cariño… han sido una continua enseñanza de vida. Ver todo lo que han tenido que sufrir para llegar hasta aquí, y todo lo que aún les queda; en primer lugar me ha hecho reflexionar sobre la suerte que tengo de haber nacido dónde lo he hecho, y qué poco lo valoro a veces. Por otro lado ha sido un recordatorio de qué es lo verdaderamente importante. Cuántas veces sufrimos por cosas tan secundarias, dejando de lado lo verdaderamente importante: familia, amigos, fe…
Agradecida de haber compartido esta experiencia con un grupo tan estupendo. Venidos de diferentes lugares de España, y del mundo, desde el primer día me sentí como en casa, en familia. Compartir tanto las buenas experiencias como las malas, aquello que más nos ha impactado, tantos momentos de alegría, risas y vaciles; y poder vivir todo esto desde la fe, ha sido una suerte enorme.
Agradecida de la experiencia de fe que también han resultado ser estos días. Ese tesoro en vasijas de barro que hemos podido descubrir a través de la oración y eucaristía diarias.  
Agradecida de haber podido conocer más de cerca la misión. A través de Rolando, Manoli e Ivanildo he entendido por primera vez la necesidad que tiene este mundo de misioneros, y cómo puede ser posible que haya personas dispuestas a dejar todo para ir a un sitio lejano, de diferente cultura y costumbres; a anunciar el mensaje de Cristo. Su ejemplo de vida y su experiencia no sólo nos han guiado estos días, si no que a través de su testimonio hemos podido ver una nueva faceta de las palabras entrega y desprendimiento.
Agradecida porque haya gente como Maite y Salva, que dan su vida por hacer de este mundo un lugar algo mejor. Hacéis diariamente una labor inmensa. Ojalá que nada ni nadie pueda con vuestra energía, ni vuestra ilusión.
En definitiva estos días en Ceuta han sido para mí un continuo aprendizaje. Aunque al principio no se hiciera entender del todo Rolando con lo de que el objetivo del campo fuera ensanchar el corazón, creo que ahora lo comprendo. Vuelvo al menos un poco transformada, con ganas de que esto no quede aquí, y que al menos mi círculo más cercano pueda abrir también un poco los ojos a esta realidad que solemos dejar de lado. Tendré presente en mis oraciones a todos los chicos que he conocido en San Antonio, a los que deseo que pronto lleguen a su destino y puedan cumplir sus sueños.

María del Pilar Baratech, Madrid

2/8/17

Sal de tu tierra como Abraham... Ceuta

"El Señor dijo a Abraham: -Sal de tu tierra, de entre tus parientes y de la casa de tu padre, y vete a la tierra que yo te indicaré."
Después de los 14 días del campo de trabajo, esta cita del Génesis tiene un significado distinto. La historia de la Salvación toma forma gracias a una migración... Igual que la historia de los chicos de San Antonio.
Ellos, por necesidad, más que por deseo, partieron de su tierra para llegar a un mundo mejor: Europa. Es, en cierta manera, su Tierra Prometida, donde se les ofrecen todas las comodidades y los recursos que ellos no pueden encontrar en sus países de origen. Bien sea por la guerra, por la pobreza, o por la falta de oportunidades, buscan encontrar un lugar mejor donde asentarse. Andan, sufren, pierden amigos, familia, atraviesan la valla, para intentar llegar a una tierra donde la mayoría ni nos percatamos de que existen, y donde no son totalmente aceptados y acogidos.
Pero debe ser cierto que Dios está siempre junto al hermano más pequeño, el que sufre. Porque cada día que nosotros, los que sin ningún mérito propio hemos nacido con todo dado, nos encontrábamos con ellos, que vinieron a Ceuta con las manos vacías, podíamos ver una ilusión, una esperanza, una fuerza y una determinación que solo puede venir de Dios. Da igual que fueran guineanos o cameruneses, cristianos o musulmanes, que todos ellos, como una gran familia, mantenían las ganas de poder continuar.
Y no sólo eso, sino que se acercaban a San Antonio para que gente como yo, más jóvenes que muchos de ellos, pudiéramos intentar enseñarles un poco de nuestra lengua y nuestra cultura.
Pero misión es encuentro, y por eso nosotros nos llevamos algo de vuelta a la Península. Probablemente, mucho más de lo que se queden ellos. Primero, y, ante todo, sus nombres, sus rostros, y el convencimiento de que, al menos durante unos días, hemos convivido como verdaderos amigos. Segundo, la certeza de que los inmigrantes son personas, como tú y como yo, con sueños, inquietudes, esperanzas, también tristezas, pero deseosos de demostrar lo que valen. Tercero, la necesidad de colaborar para poder cambiar la situación, aunque sea simplemente darse cuenta de los inmigrantes que viven a mi alrededor, o contar mi experiencia para que otros puedan vivirla.
Por último, el campo de trabajo me ha ayudado a acercarme a otras culturas. La judía, la musulmana, la hindú, y la cristiana, conviviendo juntas en Ceuta. Es precioso darse cuenta de que nos unen muchas cosas, y que el respeto puede lograr que nos enriquezcamos unos a los otros. Como explicó Rolando, hay una identidad más grande que la cristiana, la musulmana, la española, la africana... y es la humana. A todos nos ha regalado Dios la dignidad de ser sus Hijos.
Por todo ello, doy gracias de haber podido conocer a Rolando, Manoli, Maite, Salva, mis compañeros voluntarios y sobre todo, a Romual, Seku, Yohannes, Ahmadou, Fidel, Cheriff, Yousuff, y muchos más que han ido viniendo a su casa para encontrarse con nosotros. Porque cada uno de ellos, siendo distinto, y con su particular forma de ver el mundo, me ha aportado algo más para poder crecer. Rezo porque puedan encontrar su lugar en Europa, que alcancen sus deseos, y, sobre todo, para que nosotros sepamos acogerlos como se merecen.

Diego Cerrillo Vacas, Madrid

1/8/17

Buscadores de sueños

BUSCADORES DE SUEÑOS
Descubrir que puedes encontrar a familia fuera de los lazos de sangre es lo que he encontrado en el Campo de Trabajo con Inmigrantes en Ceuta. Desde el primer momento me he sentido como en casa. Solo me salen palabras de gratitud a Dios por haberme dado la oportunidad de compartir estos días con los chicos que cada día venían al Centro San Antonio, como con mis compañeros de camino. Sin apenas conocernos hemos vivido unos días intensos en los que cada uno ha puesto lo mejor que tenía. Sin duda, serán recuerdos imborrables que quedarán en mi corazón.
He podido admirar a Dios en cada una de las personas que han estado junto a mí. He descubierto el sueño de Dios, que desea que seamos felices, siendo joyas valiosas para Él y siendo Él el mayor tesoro que podemos alcanzar. Se ha hecho presente en cada una de estas personas que están rotas por dentro, que aunque a veces les cuesta sonreír, tienen una fuerza especial que les empuja a no decaer buscando una vida mejor.
Siento una gran admiración por estos buscadores de sueños. ¡Cuánto tenemos que aprender de ellos! Puede parecer que en este tipo de encuentros e intercambios los que aprenden son ellos de nosotros… pero yo tengo la certeza de que es al revés.
Gracias a los Misioneros Javerianos y a las Franciscanas Misioneras de María por cruzaros en mi camino de Fe, ha sido un gran regalo. Ahora me toca a mí regalar en mi día a día. Espero saber hacerlo.


                                                           ELENA PÉREZ PASTOR, Guadalajara