Se acercaba el momento… todo un año esperando y preparándonos para esa
experiencia, irnos de misión. Y ahí estábamos Javi y yo en la casa de los
Misioneros Javerianos un mes antes del viaje escuchando cómo Rolando nos
contaba en qué consistiría el campo de trabajo con inmigrantes, lo que íbamos a
hacer y todo lo que había que llevar (tanto material como mental y espiritual).
“Fraternidad humana”, ese era el nombre que habían elegido para el campo. En
principio me encajaba bien, tenía sentido en mi cabeza, siempre que había
tenido encuentros de misión había vuelto con el corazón ensanchado y la mente
más abierta, más humana. Y, si encima el Papa Francisco había escrito un
documento sobre ello junto con el Gran Imán Al-Azhar Ahmad Al-Tayyeb, el tema
era importante y muy actual (la inmigración sale todos los días en los medios
de comunicación).
Sin embargo, la última tarde que pasé en Tetuán me di cuenta de que aquel
día había estado equivocada, no comprendía lo que significaba realmente “La Fraternidad Humana”. Durante el
retiro final de oración fui consciente de
dos cosas principalmente:
La primera de ellas era que anteriormente solo había sido experimentado una
parte de ese gran título (Fraternidad Humana), había vivido la humanidad pero acababa de descubrir
lo que era la fraternidad. No es
solo llamar al otro “hermano”. En mi caso he experimentado lo que es reconocer en el otro una parte de ti
(no al contrario), que en él estás tú y que, por ello, tras conocerle empieza a
formar parte de lo que tú eres. Esa FRATERNIDAD, el encuentro, ha marcado todo
el viaje sin que yo me diera cuenta.
¡Cuántas realidades distintas! Compartir
los días con inmigrantes subsaharianos, con marroquíes en diferentes ámbitos,
con misioneros asentados en Marruecos en diferentes proyectos… y frente a todos
ellos éramos el rostro de la misión, sin necesidad de hablar de Dios. Hemos
sido testigos de muchos testimonios, hemos palpado la frustración y nuestra
debilidad, hemos compartido entre nosotros (Teresa, Diego, Javier, Jorge,
Rocío, Ivanildo, Rolando, Fernando, Manoli y yo) momentos duros y otros de gran
alegría y esperanza. Ha sido un regalo enorme.
Y lo segundo que experimenté durante la oración fue la reafirmación de dos
frases que han ido marcando mi vida y especialmente los dos últimos años: El Señor da la comida a SU tiempo
y Jesús nos antecede en todo. Fuera
cual fuese la idea que tenía sobre lo que iba a vivir durante la misión, lo que
me iba a aportar, estaba incompleta (siempre suele estarlo), incluso cuando
estás en mitad de la experiencia te falta algo que descubrir y solo seremos
conscientes a SU tiempo, teniéndole presente a Él.
De vuelta en Madrid me siento muy afortunada. Agradezco a los Misioneros
Javieranos y las Franciscanas Misioneras de María haberme invitado a formar
parte de esta experiencia de misión y sobre todo haber escuchado y tomado en
serio nuestras inquietudes. Ahora queda la esperanza de poder dar continuidad a
lo vivido y no hacerlo sola, sino poniendo mi confianza en el Señor.
Marta Docavo Pedraza – Madrid
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